
Disciplina Arrodillada: El Esclavo Olvidado
Brazos apretados en una atadura de caja, collar de postura que lo inmoviliza en posición, mordaza metida en su boca.
Una pequeña pieza perfecta de exhibición: indefenso, esforzándose, ojos ya muy abiertos por el miedo.
¿Y luego?
Me fui.
Salí por la puerta hacia la tienda de paquetería, paquete en mano, mientras él se quedaba allí, inmóvil.
Amordazado. Arrodillado. Temblando.
Cada segundo era una agonía para él: intentando no caer, luchando por mantener el equilibrio, esos ojos suplicantes esperando a que regresara.
No tenía ni idea de cuánto tiempo estaría fuera.
¿Minutos? ¿Una hora? ¿Más tiempo?
Justo ahí está la belleza del asunto.
Para él, el tiempo se detiene.
Para mí, era solo un recado más.
Porque el esclavo no es una pareja.
Es un mueble.
Y los muebles esperan, esté yo en la habitación o no.
