
Muletas y tobillera
Daphne sale de casa con el tutor blanco que le ciñe fuerte el tobillo hinchado, el pie desnudo que asoma bajo el yeso improvisado, esmalte fresco en los dedos. Se agarra a las muletas, el cuerpo que se balancea lento y sensual mientras intenta dar los primeros pasos dolorosos sobre la acera. Cada movimiento es un fastidio: el tutor que roza, el pie que apenas toca tierra, las muletas que se hunden en el brazo mientras el culo se mueve bajo el vestidito ligero a rayas. Cojea con esfuerzo, la respiración corta, algún gemido ahogado cuando apoya mal el peso. El tutor le aprieta la piel, el pie grande y vulnerable queda suspendido, los dedos que se contraen por el dolor y por algo mucho más sucio. Cuanto más tropieza, más se tensa el cuerpo, el décolleté que se abre un poco más, los muslos que rozan entre sí. Caminar así, mitad rota y mitad expuesta, la hace sudar y sonrojarse, y quien mira no consigue apartar los ojos de esa cojera lenta, dolorosa e irresistiblemente excitante.
